Casi todo agosto, septiembre y octubre vacío, en blanco; en negro. Una escritura refugiada de las lecturas de a vuelo de pájaro. Una escritura que sin resistir se resiste a ser expuesta. Formando un cuerpo cubierto de tinta y papel. Guardada en un cajón todavía fresca.
Nomás por no dejar aquí sigo, en las eternas disculpas. Pero la máquina es otra cosa. La primera pluma se inventó para escribir, la primera máquina de escribir... ignoro cuál fue el primer empleo de una computadora: ahora sólo lo indispensable, música y ajedrez. Mi buzón atiborrado de spam, reconfirmaciones, mentadas de madre.
A encerrarse en el cuarto, y la mirada inquisitiva de Stockhausen y los Sonic Youth colgando en el muro rojo, la de Tigre Lizalde desde el escritorio tras sus gafas oscuras. Acompasado con Shostakovich, el silencio, una cumbia lejana, fiestas infantiles, taladros, helicópteros. Furtivas apariciones cuando la ventana abierta y las persianas alzadas, las vecinas, señoras, sus ojos, pinche ciudadano marihuano, póngase a trabajar. Mi madre que irrumpe sin pudor, consciente de que acomodar la ropa es más urgente que el dizque destierro al que tiene que someterse el presunto inocente.
Ambiente propicio, hojas apiladas, mucho humo, perfeccionamiento del ritmo maquinal, una entrada más desde el auténtico destierro.
1.11.09
1.8.09
Las pequeñas rebeliones elementales
agazapadas tras los ojos de la bestia enfurecida
en la poesía y los alaridos diarios
definitivos saltos ontológicos
miradas libertarias puntos de fuga
perdidas en la memoria de las noches sin
rastro sin polvo sin cenizas
agazapadas tras los ojos de la bestia enfurecida
en la poesía y los alaridos diarios
definitivos saltos ontológicos
miradas libertarias puntos de fuga
perdidas en la memoria de las noches sin
rastro sin polvo sin cenizas
21.7.09
Es una mierda utilizar la palabra mierda en la primera línea de un poema.
Espetando al sagaz lector una palabra que encierre una furia muy simple.
Mostrando la imposibilidad de transgredir con el teclado.
Mierda me cae que no puedo.
Aquí digo que no estoy nada contento.
Me gustaría derrumbarlo todo, pero mi mundo reluciente no existe ahí afuera.
Habito en una pantalla blanca y destellante como el cielo.
¿Qué debería hacer?
Salir a las calles por supuesto.
El pueblo resiste y los poetas lanzan arengas revolucionarias.
Como un impulso ahogado un breve latido la revolución inmanente la revolución silenciosa la revolución animal la revolución tibia la revolución del amor la revolución de las artes la revolución explosiva la revolución cultural la revolución multimedia la revolución universal la revolución impoluta la revolución científica la revolución democrática la revolución gastada la revolución.
¿Qué más puedo hacer?
Espetando al sagaz lector una palabra que encierre una furia muy simple.
Mostrando la imposibilidad de transgredir con el teclado.
Mierda me cae que no puedo.
Aquí digo que no estoy nada contento.
Me gustaría derrumbarlo todo, pero mi mundo reluciente no existe ahí afuera.
Habito en una pantalla blanca y destellante como el cielo.
¿Qué debería hacer?
Salir a las calles por supuesto.
El pueblo resiste y los poetas lanzan arengas revolucionarias.
Como un impulso ahogado un breve latido la revolución inmanente la revolución silenciosa la revolución animal la revolución tibia la revolución del amor la revolución de las artes la revolución explosiva la revolución cultural la revolución multimedia la revolución universal la revolución impoluta la revolución científica la revolución democrática la revolución gastada la revolución.
¿Qué más puedo hacer?
17.7.09
Yollo
Blanco fácil para los juicios lapidarios y el desprecio fundamentado, huésped atípico de un hostal; Yollo iba de la cocina para preparar sus sandwiches de queso, a la calle a fumar sus cigarrillos armados por él mismo, a veces añadiendo un poco o mucha mota al tabaco, a los lockers a sorber de su botella de vodka, a la cama a dormir a cualquier hora del día, y finalmente a su bicicleta para perderse en la ciudad que lo parió cuarenta años atrás. Su andar paquidérmico, mirada exiliada, dientes manchados; es un drogadicto, un maldito alcohólico, pinche güey pirado.
Nací en Montreal, a los nueve años mi familia se mudó al norte de Israel, ahí fue cuando conocí a los Residents ¿puedes creerlo, a los nueve años? A los diecisiete me llamaron al ejército para matar palestinos, me escapé argumentando locura, mi actuación fue convincente. Ocho años más tarde me diagnosticaron esquizofrenia. Ahora estoy mejor, tiene mucho que no me da un ataque; me ponía a gritar y hacía movimientos extraños en la calle, entraba y salía de una institución y entraba y salía de otra y los medicamentos que para ellos funcionaban me mantenían en una inmovilidad del cuerpo y de la mente infernales. Huí del fantasma de mi padre, de mi madre reaccionaria, de mi hermano en coma y de mi hermana que no me hablaba por loco y de toda la mierda judía y regresé a Canadá, primero a Toronto y ahora llevo tres meses en Montréal, con un nuevo medicamemto estoy mucho mejor. Pero pon otra canción de Can, Alfredo.
Es significativo que la relación más sincera, profunda, que entablé en Montréal la haya establecido con un esquizofrénico. Hubo empatía desde el principio, en el hostal; cuando Lidia y yo nos mudamos al departamento le comenté a yoyo de lo barato, solo doscientos dólares al mes, de la tranquilidad del barrio, se interesó y dos días después era el tercer inquilino. Pero la conexión definitiva, como suele ocurrir con mis amistades, la marcó la música. Una noche lluviosa, mientras cenaba con unas cervezas llegó Yollo, agitado, con un ojo morado, unos yonquis me golpearon en el parque, me engañaron los hijos de puta, me vendieron lechuga por yerba, me defendí, apreté mis billetes en el puño, un golpe, una patada, eran tres y les rompí la madre.
Le ofrecí una chela. Wow, eso es Can. Por supuesto. Le enseñé algunas bandas locales, Godspeed lo volvió loco, el me enseñó en su walkman a Tuxedomoon y algunos discos de los Residents que no conocía. También escribía, su proyecto más ambicioso era una novela en donde convivían un Jedi de cincuenta años con un iniciado a los Iluminati. Recitamos nuestros poemas, él en hebreo y yo en español, guardando una solemnidad rigurosa, por un momento intentamos traducirlos al inglés pero nos dimos cuenta que la tarea inútil, con nuestras expresiones comprendeíamos lo necesario. Bebimos toda la noche, le di mi teléfono y mi dirección; algún día iré a ciudad de México, a volverme más pinche loco. Gusto en conocerte. Ten una buena vida.
Nací en Montreal, a los nueve años mi familia se mudó al norte de Israel, ahí fue cuando conocí a los Residents ¿puedes creerlo, a los nueve años? A los diecisiete me llamaron al ejército para matar palestinos, me escapé argumentando locura, mi actuación fue convincente. Ocho años más tarde me diagnosticaron esquizofrenia. Ahora estoy mejor, tiene mucho que no me da un ataque; me ponía a gritar y hacía movimientos extraños en la calle, entraba y salía de una institución y entraba y salía de otra y los medicamentos que para ellos funcionaban me mantenían en una inmovilidad del cuerpo y de la mente infernales. Huí del fantasma de mi padre, de mi madre reaccionaria, de mi hermano en coma y de mi hermana que no me hablaba por loco y de toda la mierda judía y regresé a Canadá, primero a Toronto y ahora llevo tres meses en Montréal, con un nuevo medicamemto estoy mucho mejor. Pero pon otra canción de Can, Alfredo.
Es significativo que la relación más sincera, profunda, que entablé en Montréal la haya establecido con un esquizofrénico. Hubo empatía desde el principio, en el hostal; cuando Lidia y yo nos mudamos al departamento le comenté a yoyo de lo barato, solo doscientos dólares al mes, de la tranquilidad del barrio, se interesó y dos días después era el tercer inquilino. Pero la conexión definitiva, como suele ocurrir con mis amistades, la marcó la música. Una noche lluviosa, mientras cenaba con unas cervezas llegó Yollo, agitado, con un ojo morado, unos yonquis me golpearon en el parque, me engañaron los hijos de puta, me vendieron lechuga por yerba, me defendí, apreté mis billetes en el puño, un golpe, una patada, eran tres y les rompí la madre.
Le ofrecí una chela. Wow, eso es Can. Por supuesto. Le enseñé algunas bandas locales, Godspeed lo volvió loco, el me enseñó en su walkman a Tuxedomoon y algunos discos de los Residents que no conocía. También escribía, su proyecto más ambicioso era una novela en donde convivían un Jedi de cincuenta años con un iniciado a los Iluminati. Recitamos nuestros poemas, él en hebreo y yo en español, guardando una solemnidad rigurosa, por un momento intentamos traducirlos al inglés pero nos dimos cuenta que la tarea inútil, con nuestras expresiones comprendeíamos lo necesario. Bebimos toda la noche, le di mi teléfono y mi dirección; algún día iré a ciudad de México, a volverme más pinche loco. Gusto en conocerte. Ten una buena vida.
6.6.09
4.6.09
Carezco del material y el espacio necesarios para describir cierta imagen mental. La imagen ocurre en el mismo espacio en que la creo. Sobre una mesa descansa una máquina de escribir, hojas en blanco, cualquier libro. Imagino que puedo pensarla desde aquí, a kilómetros de distancia; contemplo la calle vacía y me deleito en su silencio. Logro poco a poco transportarme a mi realidad. Estoy ahí. Y escribo que estoy ahí pero ignoro de qué va la historia que escribo desde ahí. Sin embargo me basta y por ahora dejo de escribir sobre la imposibilidad de saber qué escribe mi yo posiblemente demente, imaginado, futuro, deconstruido, alterno.
26.5.09
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